dilluns, 7 de novembre de 2016

«Para denunciar las condiciones inhumanas del CIE me apoyaron personas “con luz”»

Reproducimos el artículo de nuestra compañera Yolanda Cañada sobre la realidad del CIE de Valencia, aparecido en la revista Noticias Obreras.


Mohamed Alí, refugiado y ex interno de un CIE. Tiene 33 años. De origen argelino, desde febrero de 2016 tiene reconocida la condición de refugiado. Sonríe todo el tiempo mientras prepara galletas con Nutella. Pese al caos vive en paz. Quieres creerle cuando repite «yo aquí estoy tranquilo, ahora 90% feliz». Solo dos veces se le humedecen los ojos… ¿qué otro 10% acarrea?
Se nos amontonan las preguntas sobre estos últimos tres años en los que ha cruzado dos veces el estrecho y ha pasado otras dos por el «Guantánamo» de Valencia. Impresiona la rotundidad de la respuesta sobre si cree que quienes lo intentaron y casi no lo cuentan lo volverían a hacer… Entre su primer y su segundo viaje solo pasaron dos meses.



Llegar al día de hoy le ha costado no dejar de pelear, aprender a estar solo, y a confiar poco a poco en su capacidad para pedir respeto, hasta asumir la responsabilidad de denunciar las condiciones inhumanas del Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE), apoyado por personas «con luz». Menciona sus nombres como quien reza, Dani, Gomie, Ema, Martin, Yumana, ellos me han dado confianza para hablar, para pedir mis derechos. «Débora (voluntaria de CEAR) es como mi hermana», le conté la primera travesía con 17 personas en verano de 2014, cuando recuerdo los cinco días a la deriva en el mar, el frío de noche, la sed de agosto. «Ella escucha hondo, lo ve todo, siente nuestro miedo y tiene rabia, vergüenza… y lo escribe para que no se pierda».
Esa primera vez estuvo 47 días en el CIE de Valencia, donde los internos padecen una plaga de chinches recurrente, registros brutales y arbitrarios, agresiones, vulneración de derechos básicos, abusos y cargas de «los rambos» con desproporcionados pertrechos y maneras de antidisturbios, hambre, sed, falta de intimidad y de humanidad. Al día siguiente de intentar denunciar todo esto fue expulsado del país, «23 de septiembre de 2014». Una práctica habitual de corporativismo institucional que utiliza la devolución en caliente pese a ser ilegal. Cualquier cosa para seguir negando la evidencia: el sistema no solo es amoral, sino que no funciona, pero sigue provocando dolor gratuito.
¿Por qué dejaste Argelia? ¿Por qué arriesgas la vida?
Mohamed tiene un problema, no puede dejar de pensar. «Yo pienso mucho como proteger mi vida, cómo puedo estudiar, quiero trabajar, quiero aprender, por las noches no duermo con esto, no podía más…». Necesitamos poder decidir desde cosas básicas hasta cómo vivir, cuándo tomarse una pastilla, cómo de largo llevar el pelo… «Aquí puedo, allí no podía».
«En mi país tenía problemas para poder vivir como quiero, ser quien soy, allí tu vida depende de la voluntad de otras personas, hay tradiciones, un programa que debes continuar. Tienes libertad en lo que no importa, pero no en temas como con quién te casas o cómo amas».
Descubrir que tenía su propio programa y actuar en conciencia con su identidad y sus opciones supuso una ruptura sin marcha atrás en la que se ha jugado el todo por el todo, cruzando el estrecho hasta Almería en una barca de goma solo dos meses después: el 19 de noviembre de 2014 lo volvió a intentar. Lo consigue, y vuelta al CIE.
 Voluntarios de la «Campaña CIE NO», de Cruz Roja, de CEAR, Cáritas, HOAC y entidades de solidaridad con las personas migrantes apoyan en lo posible las situaciones de indefensión de estos presos sin delitos, encerrados por faltas administrativas. Manteros, gente que se quedó sin trabajo y perdió el derecho a permanecer en el país, recién llegados transportados desde Almería, amas de casa con familia y red en algún barrio de Valencia que salieron a comprar y acabaron encerradas, hombres mayores, chavales, chiquillas que llegan del infierno. No hay un perfil. O sí, son una errata en el primer mundo, no existen, no importan nada a casi nadie.
La «Campaña CIE NO» lleva seis años denunciando este agujero negro con marchas y concentraciones en la calle, en los medios, y acompañando desde dentro. Abogadas, enfermeros, traductoras, psicólogos, trabajadores sociales, periodistas, personas… tocadas por los más de 4.000 muertos en el Mediterráneo solo en 2015, que registran las historias de quienes han sobrevivido pero acaban atrapados en este limbo.
¿Qué le decidió a denunciar?
«No hay solución con la policía del CIE de Zapadores. ¿No piensan por qué la gente intenta escapar una y otra vez? Algunos te hablan bien, quieren jugar al fútbol con nosotros, dicen que hacen su trabajo, pero hay grupos ¡muy racistas! Te faltan respeto sin motivo, no hay condiciones, la gente pasa hambre, tiene dolor todo el tiempo, sufren mucho». Le impactó la puerta de cristal contra la que tuvo que romperse la cabeza Boialam para que lo trasladasen, llevaba días retorciéndose de dolor, le estallaba la cabeza y no le hicieron caso hasta que sangró.
«Al doctor de allí no le considero doctor, trabaja para la policía, no atiende bien a personas que necesitan ir al hospital. Solo da cremas y pastillas, la gente está drogada, para no sentir, y para que no molesten. Recuerdo que le dije: “tú tienes una responsabilidad”».
¿Cómo ha sido tu vida desde que saliste?
«La segunda vez salí del CIE de Zapadores de la mano de Cruz Roja, 12 días en un hotel, 2 meses viviendo en un albergue, mientras se iba tramitando la documentación para entrar en el Centro de Atención/Acogida al Refugiado de Mislata, donde estuve 6 meses y ¡saqué 13 diplomas! (castellano, cocina, informática, carretillero…) En noviembre de 2015 tuve una entrevista en Madrid en la que valoraron mi historia y en abril “dijeron que sí”».
Busca trabajo obsesivamente, empieza a destajo en el campo, pero sigue buscando y con el tiempo consigue alquilar un piso en un pueblo donde está tranquilo, intenta irse a dormir temprano. Es consciente de la precariedad en la que trabaja para una cooperativa de un proveedor de carne a grandes superficies. Por las noches tiene calambres en las manos del ritmo de trabajo, los movimientos repetitivos durante horas… «Los emigrantes hacemos el trabajo más pesado, de 6 a 16 horas con el cuchillo sin parar, un descanso para comer, ropa limpia y otra vez a despiezar. ¿Contrato? Autónomo, si aguantas al año te hacen fijo», pero… Nativa o extranjera, la misma clase obrera.
El último martes de cada mes, a las 19:00, hay una concentración ante el CIE de Valencia… Avda. Dr. Waksman, porque ningún ser humano es ilegal.


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